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Para entender un buen licor gallego, hay que viajar al origen: la vendimia. Cuando se prensa la uva para hacer vino, quedan las pieles, semillas y raspones (el «bagazo»). Destilando pacientemente este bagazo en alambiques de cobre tradicionales, los maestros artesanos logran extraer el «espíritu» de la uva.
El resultado es un aguardiente de orujo blanco, potente y cristalino, que conserva los aromas puros de la viña. Este oro líquido es la base imprescindible sobre la que se construyen todos los grandes licores tradicionales que ofrecemos en nuestra tienda.
En una mesa grande siempre hay gustos diferentes. Nuestra selección está pensada para que nadie se quede sin su copa perfecta:
Servir mal un licor puede arruinar la experiencia. La regla de oro es el frío.
Mete siempre la botella de licor (hierbas, café o blanco) directamente en la nevera o el congelador horas antes de servirlo. Sírvelo en un vaso de chupito helado. El error más común es añadirle cubitos de hielo al licor puro: el hielo se derretirá, aguando tu bebida y destrozando su sabor.
La única excepción: Las cremas de licor sí agradecen servirse en una copa de balón ancha con un par de buenos cubitos de hielo grande para potenciar su textura sedosa.
Obligatoriamente sí, una vez abiertas. Al contener bases lácteas y tener mucha menos graduación alcohólica que un licor puro, deben conservarse en frío y consumirse en los meses siguientes para que no pierdan su textura untuosa.
Los licores puros de alta graduación (como el orujo blanco o el de hierbas) no caducan ni se estropean, ya que el alcohol actúa como un conservante perfecto. Puedes tenerlos en tu mueble bar durante años sin problema.
Sí. Las hierbas que se utilizan habitualmente en su maceración (como la manzanilla, el hinojo, el cilantro o el romero) tienen propiedades carminativas y digestivas naturales, lo que explica por qué tu cuerpo te lo pide después de un asado copioso.